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Proyecto Iskay, recorrieron en bicicleta toda la cuenca del rio Cañete

Daniel Martinez y Eka Pomareda son una pareja de jóvenes que comparten la pasión por la vida al aire libre y los deportes de aventura, según se describen en su facebook: "Nos sentimos orgullosos de estar en un país tan lleno de belleza y rutas para ser descubiertas. Buscamos todos los días poder llegar a la mayor cantidad de gente para que a través de la aventura conozcan el Perú. Hace un tiempo apostamos por un sueño, el sueño de crear Proyecto ISKAY"

.Proyecto Iskay. Hola aventurero queremos contarte quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos, es por eso que hemos hecho esta autoentrevista para que comprendan porque creemos en los sueños y porque vamos a luchar por ellos.

¿Qué es Proyecto Iskay? PROYECTO ISKAY es un sueño, creado con el fin de impulsar un estilo de vida sano mediante deportes no tradicionales que descubran la belleza del Perú, elaborando documentales y exposiciones fotográficas. A su vez proyecto ISKAY organiza y fomenta actividades al aire libre, con la finalidad de compartir el desarrollo espiritual, físico y mental que te brinda este estilo de vida.

La Primera Travesía, 12 días en bicicleta. La finalidad de esta aventura fue documentar a una pareja de jóvenes (nosotros mismo) que decidieron entregarse por completo a la aventura, con el único objetivo de conocer la Lima que muchos ignoran. Recorrimos en bicicleta toda la cuenca del rio Cañete, partiendo desde la costa, atravesando por completo la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas, haciendo un doble cruce de la cordillera del Pariacaca, con cumbres de más de 4500 msnm, para finalmente retornar a Lima capital por la carretera central.

La Ruta: Cañete – Lunahuana – Pacarán – Cotahuasi – Capillucas - Magdalena – Tinco Alis – Vitis – Huancaya – Vilca – Cochas – Tanta – Carhuapampa – Yuracmayo – San Mateo – Lima

¿Cuáles fueron las cinco reglas antes de partir?
- Lloviendo o nevando en auto … de ninguna manera
- Retroceder nunca rendirse jamás
- Pedalear hasta que caiga la noche
-Y donde caiga la noche dormir
- Documentar todo lo vivido en fotografía y video

¿Por qué decidimos hacerlo en bicicleta?
-Porque es la única manera de conocer cada cm de la ruta
-Porque se conoce mucho con poco dinero
-Porque llegas a donde sea y como sea
-Porque puedes llevar tu casa en las dos ruedas
-Porque el mundo se vuelve nuestra casa
-Porque siempre serás el invitado de honor
- Y lo más importante, porque te hace feliz

¿Qué aprendimos con esta experiencia?- Que a la montaña se le respeta, ella decide hasta donde llegamos.
- Tu compañero y tú son una sola vida
- Cuando piensas que todo acaba es cuando recién comienza, no te confíes.
- Qué siempre hay un lugar más alto
- Que para todo hay solución.
- Y que después de la tormenta siempre sale el sol.

¿En que anda en estos momentos Proyecto Iskay?Venimos preparando el documental y una exposición fotografía de esta aventura. Por otro lado estamos pensando que el Parque Nacional Huascarán sería un buen escenario para la siguiente aventura.


Mayor información Proyecto Iskay: proyectoiskay@hotmail.com / Gracias. Eka y Daniel

Nota: La Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas incentiva este tipo de actividades en coordinación con la jefatura para las autorización de filmaciones, mayor información: cfsanchez@sernanp.gob.pe

Fuente: Reserva Paisajistica NorYauyos Cochas (rpnyc.blogspot.com)


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Yauyos: Viñac, un mundo por descubrir

Cuando el sol empieza a languidecer, es mejor acelerar más allá de Asia y Puerto Fiel. Llegar a Cañete y subir a Lunahuaná, con su río listo para el canotaje y sus platos llenos de camarones. Pero si uno quiere sentir que está en el Cusco sin salir de Lima, hay que seguir el camino cuesta arriba.

A 285 kilómetros de Lima, en la provincia de Yauyos, descubrimos Viñak, un pueblito que bien parece extraído del Valle Sagrado de los Incas. Allí, en medio de un verdor que sobrecoge, en lo más alto del cañón, aparece El Refugio Viñak-Reichraming, un hospedaje de lujo, que ha sido incluido en el Top Five de la cadena Travel & Living. En un principio fue solo la casa de campo de Enrique Umbert, un empresario amante de los deportes de aventura y viajero incansable que simplemente se enamoró del lugar.
Hay que decir la verdad. 285 kilómetros no parecen mucha distancia. Sin embargo, el viaje no es sencillo. Lima, Cañete, Lunahuaná, Zúniga, San Juanito, luego pasamos por la Central Hidroeléctrica de Platanal, donde hay una inmensa roca que tiene la forma de cráneo, y llegamos a San Jerónimo. Hasta ahí, todo bien. Pista asfaltada, nueva, en perfectas condiciones.
En San Jerónimo hay que dar la vuelta en U y empezar a subir por un camino de trocha. Solo 40 km nos separan en ese momento de Viñak pero el trayecto demora por lo menos una hora y media. En este punto, viajar en camioneta resulta imprescindible.

Pero el esfuerzo de soportar tanto saltito sí que vale la pena. La vista de Viñak cura el cansancio y cualquier mal humor. Sus callecitas sin asfaltar, la simpatía de su gente que invita quesos y ofrece coloridos puyos (ponchos), el cielo azul, los cerros verdes que nos rodean, el río que corre libre más abajo, la falta de oxígeno a 3,200 metros… Nada nos recuerda que estamos en la capital, nada. Pero sí, no hemos salido de Lima.
“Estas vacas son Pathfinder”, bromea Alejandro Gordillo, coordinador de El Refugio. Y tiene razón. Acompañadas de ovejas y chivos, pastorean desafiando la ley de gravedad en los cerros. “Todo comenzó con la casa de campo. Después, hace ochos años, Umbert decidió hacer este hospedaje porque quería involucrar en un nuevo concepto turístico a la gente de Viñak, que lo había acogido de la mejor manera. Diez lugareños trabajan de manera estable y hay otros ocho que son volantes”, explica Gordillo, quien después se animará a montar uno de los caballos que tiene el hospedaje y a desafiar, con nosotros, las espectaculares rutas que el lugar ofrece para el downhill y el ciclismo de montaña.
El comedor tiene ventanales que permiten contemplar la inmensidad del valle y un enorme fogón que calienta al más frío. Once confortables habitaciones sirven para el descanso que puede estar refrescado por un jacuzzi al aire libre temperado, donde se puede disfrutar de un buen chapuzón con un pisco sour de chirimoya o aguaymanto en la mano. La chef, Urbana Huari, reivindica con mucha imaginación y sabor la comida novoandina. “Aprendí de dos cocineros que estuvieron aquí, eran limeños y ahora yo le he dado mi toque personal a la carta”, sostiene Urbana, que nos deleitó, para empezar, con unos medallones de lomo acompañados de salsa de aguaymanto, con choclitos bebés y un arroz verde especiado con verduras del lugar.
“No podíamos romper la armonía de Viñak. Por eso solo se usó piedra del lugar y madera para construirlo. La idea era integrar a los 400 habitantes en esta iniciativa y se ha logrado el objetivo”, comenta Gordillo, que no es el protagonista de ‘La Familia Ingalls’, la legendaria serie de televisión de los ochenta, pero cuando abre la puerta y mira el paisaje, seguro se siente por un ratito tan feliz como cuando Michael Landon en las llanuras de Walnut Grove, en Minnesota, corría para engreír a sus hijas Laura y Carrie.

Hoja de ruta
El Refugio queda a 120 kilómetros de Cañete y ofrece transporte si uno no quiere vivir la particular y emotiva experiencia de llegar manejando. El lugar está abierto de marzo a diciembre y se cierra en enero y febrero, meses de intensa lluvia. Desde Lima son unas cinco horas de viaje.
Caminando, montado a caballo o pedaleando sobre dos ruedas, se pueden hacer, desde Viñak, varios destinos. Conocer el ‘Castillo de Vizcaya’, un pueblito aún más pequeño y también muy pintoresco.
Si uno se atreve a subir un poco más, se topará con Pampa Rosario, otro lugar mágico, lleno de la energía de los apus. O se puede ir de pesca a las lagunas de Iscaycocha, Tipicocha o Huichanga, 1,000 metros más arriba. Uno se sentirá libre, vecino del cielo y en una de esas hasta se anime a susurrarle algo a Dios.
(Diario La Repùblica-Suplemento Domingo)


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Crónica: Silencio en la Casa del Inca

Autor, texto y fotos: Iván Reyna




Incahuasi que en el habla quechua quiere decir “Casa del Inca”, es la ciudadela más importante asentada en la quebrada de Lunahuaná. A la luz de la historia, Túpac Yupanqui ordenó a sus arquitectos incas la construcción de un Nuevo Cusco basado en el plano original de la capital imperial, cuyo asentamiento le permitió reabastecer su poderío militar y conquistar los reinos de las tierras yuncas que hoy se conocen como Cañete.

La Casa del Inca fue edificada con barro y piedras. Su aspecto metalizado se debe a que el barro ha sido amasado con los granitos y cuarzos provenientes de los cerros aledaños. El monumento de 417 mil metros cuadrados se recuesta sobre el abrigo del cerro Cocharcas. Si bien el viajero siempre mira al río que baja bañando los cultivos de viñas, nísperos y guanábanas, pues en el kilómetro 30 de la carretera (Anexo de Paullo), la mirada se eleva al extremo sur para admirar lo que queda del pasado de Incahuasi.

En 1935, el ilustre diplomático cañetano, Carlos Larrabure y Correa, en una visita por Incahuasi llegó a contar 68 cuartos, que ninguno tenía puertas -pues los incas no la necesitaban por la severidad de sus leyes y la honradez de sus habitantes-, y que probablemente sirvieron como depósitos de granos, ajíes, algodón, herramientas y vestidos. Igualmente dice que habían habitaciones para los chasquis, soldados y guardianes; altares sagrados; un edificio principal para los sacrificios y fiestas celebradas en el intihuatana; entre otras composiciones que se describen en su obra “Ruinas Prehistóricas en la Provincia de Cañete”.

Sin embargo, su absoluta soledad nos habla de una vieja historia de desidia cultural, en el que se ha permitido incluso la explotación de minerales en su interior. Si bien ha recibido algunos trabajos arqueológicos como los de de John Hyslop, y mucho antes de Harth-Terré; también se anuncia que la Dirección de Turismo del Gobierno Regional de Lima concluye el Perfil Técnico para que la arqueóloga Ruth Shady empiece con la Puesta en Valor, mientras la Municipalidad de Lunahuaná se encargará de supervisar los trabajos de investigación científica y de conservación del sitio.

Un detalle a tener en cuenta, es que esta réplica cusqueña tiene la respuesta a los escritos de Guillermo Prescott (1874), cuando dice que “los pueblos conquistados del Perú por los españoles desconocían en absoluto el uso de la columna”; y también a Charles Wiener (1880), quien afirma que “jamás se han visto columnas en el Perú”. Y lo que más abunda en Incahuasi son precisamente las columnas que seguramente sirvieron para sostener los techos. Cierto es que son muy pocas las reportadas en el Perú antiguo, pero las hay, y aquí está la mejor prueba que aclaran las erróneas conclusiones que arribaron los mencionados tratadistas extranjeros.

En lo que sí han coincidido los más reputados historiadores, es que Pachacútec, el noveno emperador de los Incas, en 1438 envió a su hijo Túpac Yupanqui conquistar las fértiles tierras frente al Pacífico. El cronista español, Pedro Cieza de León, dice que los cusqueños movilizaron 120 mil hombres para doblegar la resistencia del cacique Chuquimancu quien al mando de 40 mil yuncas, tuvo que rendirse al imperio de los incas después de cuatro años de lucha. Entonces el Chuquimancu y sus rebeldes fueron colgados de los árboles y sentenciados a la pena del Guarco, que en quechua deriva del vocablo guarcona (ahorcadura) y guarcuy (ahorcar). Así el valle tomó el nombre de Guarco, y casi 100 años más tarde, con la llegada de los conquistadores españoles cambia a Villa de “Santa María” de Cañete, y hoy simplemente Cañete.

Para agregar un dato más a esta historia, el inventor Raúl Cánepa, el operador Ramón, y los nuevos policías de turismo de Lunahuaná, nos comentaron la existencia de una caverna que se profundiza unos 20 metros al vientre del “Cerro Hueco” ubicada al pie de Incahuasi. Se cree que los incas la usaron como cárcel, y mucho antes habría servido como abrigo al hombre prehistórico. Y pese a que los vecinos no frecuentan la cueva por creencias supersticiosas, sí lo hacen los viajeros que caminan por esta ruta trazada en sus inicios por los llamados Hijos del Sol. Así es la historia que se escribe en silencio, pero sería bueno que las autoridades se comprometan de verdad con el ilustre pasado de Cañete.

Autor, texto y fotos: Iván Reyna

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Crónica: Camarones en su salsa


La cocina de Cañete le debe mucho a los productos de sus fértiles tierras, a los generosos camarones de río, a los espirituales piscos y vinos, que con imaginación y creatividad los cocineros han sabido elaborar los más exquisitos manjares de la mesa regional.


El río Cañete es bendito porque con 430 millones de metros cúbicos al año da vida a 24 mil hectáreas agrícolas, suficiente para abastecer a poblaciones como la de Lima que en buena parte se alimenta de sus generosas cosechas. Pero estas mismas aguas dan vida a los sabrosos camarones de río (Cryphiops caementarius), origen de una nutrida carta que se cocinan en olor a historia y tradición.

Es imposible resistirse parar en “El Piloto” (Km. 138 de la Panamericana Sur), donde la tentación de un tacu tacu con saltado de camarones es la inspiración del restaurante para los viajeros al sur de Lima. Y si quiere engreírse con unas deliciosas tortillas de camarones sazonadas en una cocina incaica, entonces es preciso darse una vuelta por el restaurante “Sabores de Pacarán”, que la familia Vidal de la añeja bodega Rivadeneyra ha conquistado en esta cálida tierra de longevos, piscos y vinos.

Entre tanto, Milagros Vicente y mamá “Goyita” calientan los fogones para preparar su emblemático combinado de sopa chola de camarones con carapulcra de cerdo. Hace dos meses, Milagros acabó sus estudios de Alta Cocina en una prestigiosa universidad limeña, y desde entonces se ha dedicado a su propio restaurante “Sabores de mi tierra”, el placer de los paladares de peruanos y extranjeros que transitan por el corazón de Lunahuaná.

Sin embargo, por todo el valle se puede encontrar un rosario de platillos en base a camarones, entre ellos: el chupe, guiso, chicharrón, tiradito, cebiche, sudado, a la plancha, al ajo, reventón, escabeche, picante, tallarines, y como muestra del valle camarones al vino. Incluso, estos potajes son muestras de presentación del ya célebre concurso gastronómico “Sabores de Cañete” que organiza el Instituto Superior Tecnológico “Condoray”.

La cena viene con pastas de camarones, la sazón ítalo serrano toma su punto en el horno de barro del restaurante “Sol Pizzas” que desde el 2003 cuando doña María Vallejo se asentó en el anexo Condoray, no compite con los platos típicos de Lunahuaná porque lo suyo son las pizzas y lasagñas en base camarones, la única en todo el valle de Cañete.

Pero lo que muy pocos saben es que hace unos diez años el camarón se había extinguido por la caza indiscriminada. En 1998, el Gremio de Recolectores de Camarones del Río Cañete con el apoyo de los municipios locales llegó hasta el río Majes en Camaná y trajo 100 mil ejemplares que fueron repoblándolos a lo largo de la cuenca. Es así como actualmente la reproducción del crustáceo se ha multiplicado sosteniblemente bajo la vigilancia del gremio camaronero. Si antes se cazaba con “ganchón” (mechero a kerosene), ahora la recolección se realiza con equipos de buceo, como una de las medidas de preservación del preciado recurso hidrobiológico.

En otros tiempos, el camarón seco servía para la cata de piscos y vinos, pues hoy los camarones simplemente han sido reemplazados por los maníes salados. Igualmente, se puede leer en los reportes del arqueólogo Toribio Mejía Xesspe (discípulo de Julio C. Tello), que en Lunahuaná se preparaba el “amuka”, es decir, camarón seco dorado en piedras o en arena caliente.

Los camarones del río Cañete -la segunda cuenca más importante del país después del Santa- recorren desde el Océano Pacífico hasta los 1,400 metros sobre el nivel del mar. El apareamiento se da justamente en esta altura, y luego las hembras con unos 100 mil huevos entre sus patas, bajan hasta entrar en contacto con el agua salada del mar que le sirve para eclosionar y dar origen a los nuevos camarones. Es a su regreso en contra la corriente, cuando se van engrosando los brazos por el esfuerzo que realizan. Como dice Olivia Quinto, visitante asidua de este valle, “los camarones en un año ya están listos para saborearse, y si regresó a Lima sin haber degustado un distinguido camarón sour, entonces no pasó por Lunahuaná”. Así de contundente es la gastronomía del gran valle de Cañete.

Texto y fotos: Iván Reyna Ramos Enlace Origen


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Vidas de Agua y del Tiempo

Recorrer 220 kilómetros del río Cañete que se estira desde el Océano Pacífico hasta la cabecera de la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas es más que una expedición hidrográfica, una fascinación con la naturaleza y el contacto con culturas de otros tiempos, abrigados entre las rocas, ríos subterráneos y nevados en retroceso. Asombra los andenes biológicos, sublimes bosques del amor y la ingeniería de los primeros hombres cuando diseñaron sus casas, sus caminos, sus canales de riego y dibujaron sus costumbres sobre piedras milenarias, todo esto en el espinazo andino -y para muchos descocido- de la sierra limeña.

Escribe: Iván Reyna Ramos
Fotos: Juan Puelles Urraca

La alimentación de Lima se debe en buena parte a las cosechas del valle de Cañete. Un valle que requiere de unos 430 millones de metros cúbicos al año para regar 24 mil hectáreas agrícolas -y aún cuando el río Cañete cargue agua todo el año-, en los últimos tiempos la producción se ha visto afectada por la sequía. De acuerdo con las estadísticas de la Administración Técnica del Distrito de Riego de Cañete, se puede saber por ejemplo que en 1960 fue el año más insuficiente de todas las épocas con sólo 5.80 m3/s, mientras que en 1972 alcanzó un desborde máximo de 900 m3/s. Pues el origen de la crisis hídrica empieza con el derretimiento y muerte de glaciares en los andes de Yauyos, donde ya se oyen voces para que se pague por los “servicios ambientales”; es decir, por el agua gratuita que nace en la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas (RPNYC), a fin de preservar los nevados y ampliar el capital natural.

Muchas civilizaciones y culturas se mueven alrededor del agua, en un camino polvoriento que nos lleva desde el Océano Pacífico hasta su cabecera. Así, el Castillo Unanue que fue traído del río Rin de Alemania se resiste a morir a orillas del río Cañete. Mientras la ciudadela de Incahuasi parece deslumbrarse cuando se anuncia que sería la arqueóloga Ruth Shady quien dirija la puesta en valor, en la misma dimensión que Caral. Pero también estamos en la ruta del pisco, del vino y del camarón. La producción de pisco en el valle de Lunahuaná es de unos 100 mil litros al año. El culto a nuestra bebida bandera tiene lugar en el Museo del Pisco, como añejos son los datos del cronista José María Córdova y Urrutia cuando dice que en 1839 “Lunahuaná sacaba 5 mil botijas de aguardiente y 500 botijas de vino al año”.

Y si de comer se trata, los fogones de Lunahuaná sazonan un rosario de platos en base al camarón de río, que entre los más conocidos se encuentran el “chupe de camarones”, “tortilla de camarones”, “chicharrón de camarón”, “guiso de camarones”, “tiradito de camarones”, “camarones al ajo”, “cebiche de camarones”, “sudado de camarones”, “camarones a la plancha”, “reventón de camarones”, “escabeche de camarones”, “picante de camarones”, “tallarines de camarones”, y como muestra del valle “camarones al vino”. En otros tiempos, el camarón seco (después de sancochado, salado y expuesto al sol) servía para que los catadores empezaran con un ligero sorbo de pisco, luego un camarón seco a la boca, y después otro sorbo de pisco, y otro camarón seco. Solo así encontraban la diferencia de texturas, sabores y grado de alcohol del pisco artesanal de Lunahuaná. Hoy, los camarones simplemente han sido reemplazados por los maní salados.

Río arriba
El curso del río Cañete también se abriga de algunos proyectos. Por ejemplo, el Gobierno Regional de Lima a través del Plan Copesco del Mincetur tiene planificado invertir en programas de capacitación en gastronomía, artesanía y mejora de la infraestructura turística en la cuenca. Esto incluye, el repoblamiento y sostenibilidad del crustáceo emprendido por el gremio recolector. Además, en la comunidad de San Jerónimo de Capillucas (Yauyos) se trabaja para que 900 mil camarones estén destinados al mercado nacional, señala Ana Muñoz, ingeniera pesquera y coordinadora del Proyecto Hidrobiológico de Celepsa (Compañía Eléctrica El Platanal).

Es en Capillucas, donde Celepsa monta una presa de 35 metros de altura destinados a generar energía eléctrica de 220 megavatios al Sistema Eléctrico Interconectado Nacional (SEIN), en momentos cuando la población crece considerablemente y la demanda de energía es más que necesaria. Si bien el proyecto hidroenergético funcionará a fines del 2009, ya trabajan en la mitigación de los efectos y ante el temor de los agricultores de quedarse sin agua. Pío Rosell, Jefe de Proyectos Socioambientales de Celepsa, asegura “Que el río siempre tendrá agua en por lo menos 1 metro cúbico por segundo”, basado en los Estudios de Impacto Ambiental. Sin embargo, la desinformación ha llevado a que se hable de contaminación en el río Cañete, cuando no hay estudios científicos que prueben que una hidroeléctrica contamine, si se trata que sólo el agua mueva las turbinas para generar energía sin aplicación de elementos químicos como sí se usan en la minería.

Lo que sí es seguro con el levantamiento de presas es que se modificará el paisaje, e incluso lleva a reubicar carreteras y pueblos. Si antes las aves anidaban a orillas del río ahora con el embalse tendrán que emigrar a otras partes. De manera que se alteraría el paisaje y la biodiversidad, pero eso no es contaminación. Sin embargo, la población de los 12 kilómetros a partir del llamado “codo” de Capillucas hasta San Juanito debe estar atenta y conocer los compromisos que Celepsa a contraído mediante Convenios Marco de desarrollo local y de trabajo con responsabilidad social, donde se ha incluido proyectos priorizados por las mismas comunidades, de identidad local, educación, infraestructura, salud, saneamiento, generación de empleo, bajo comportamiento productivo, ético, justo, y disciplinado. Es preciso que la población haga valer sus derechos, que conozca los problemas y también los beneficios que una presa trae consigo. Pero con información de fuentes confiables y sostenidas por especialistas, no del que simplemente tiene la sospecha.

En las alturas de Chocos, la comunidad levanta con el financiamiento de la farmacéutica Roche Perú, la presa Pacchac sobre el río Chocos, afluente del río Cañete, que tiene por fin dar vida a los cultivos aledaños. Y en Tanta, Celepsa levanta otra presa de 25 metros de altura que permitirá, a partir del 2010, asegurar agua durante todo el año para uso doméstico, agricultura y como generador de energía eléctrica. Una tarea pendiente es orientar a la población local respecto del embalse que por su efecto termorregulador atenuaría los menos 10 grados bajo cero que se experimenta en algunas noches. Y hacer realidad el compromiso, de que dentro de treinta años la comunidad exportaría trucha arco iris desde 100 jaulas productivas en la laguna Paucarcocha, dice Ferrer Jiménez, presidente de la Comunidad Campesina de Tanta.

Si bien la construcción de presas ha sido motivo de muchas discusiones, hoy es una buena alternativa ante sequías y cambios climáticos, siempre que se levante con responsabilidad ambiental y social, porque permitirá garantizar agua durante todo el año. En este sentido, es oportuna la comparación del geólogo Lonnie Thompson, cuando dice que es de vida o muerte preservar los glaciares “Es como tener una cuenta corriente que permite alimentar nuestras necesidades desde su creación hace miles de años y que, una vez vacía, no volverá a llenarse”. Es decir, por un lado hay poblaciones que se niegan a la construcción de presas cuando deberían preocuparse por preservar los nevados como generadores de agua. Y por otro, de qué sirve construir tantas presas en un río cuando en 50 años probablemente ya no baje agua porque los nevados terminaron derritiéndose. El tema es que todos deberíamos tomar conciencia no tanto del agua que llega a nuestras manos, sino de sembrar agua para los hijos de nuestros hijos.

Laboratorio andino
Llegamos al pueblo de Tupe, que de acuerdo a los estudios del antropólogo Manuel Portugal Aponty, habla que las primeras mujeres emergen de las entrañas del cerro “Tupinachaka”, mujeres indómitas que ni incas ni españoles lograron someterlas porque ellas se defendieron con piedras, sacando chispas al impactar a sus enemigos, y usando su lengua viperina para armar “la grita” inflamadas de insultos contra los invasores que por desgracia siempre fueron hombres.

Mientras la investigación de la lingüista estadounidense Martha J. Hardman, establece que el Aymara altiplánico, el Jaqaru y el Kawki son las tres lenguas vivas de una misma familia lingüística a la que ella denomina Jaqi. En Tupe aún se habla en Jaqaru, y también el Kawki pronunciado por ancianos en el anexo de Cachuy. La población adulta de Tupe es en su mayoría analfabeta, pero la nueva generación habla español, inglés, e increíblemente ya no habla su propia lengua. Y por eso la Dra. Hardman y la tupiña Nelly Belleza han logrado que el Jaqaru tenga gramática y ya los niños puedan escribir, incluso con apoyo del Ministerio de Educación. Así, la existencia de esta lengua que sobrevivió por cientos de años de manera oral, reciba el aliento de la comunidad lingüística y no permitir que se registre en los reportes de lenguas muertas, como tampoco permitir que agonice el río Tupe que discurre rápido a contribuir con el río Cañete.

Yauyos es tierra de calabazas y también zona de amortiguamiento que abre paso a la primera Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas. El alcalde provincial, Diomides Dionisio, evalúa el proyecto de unir la ruta Asia-Ayavirí-Yauyos, por donde se pueda acceder al nevado Llongote que da origen al río Yauyos y desemboca en el río Cañete, y de paso conocer la ciudadela de Ñaupahuasi.

Huantán es otro distrito que se encuentra en territorio adyacente a la reserva, famoso por sus quesos y el duelo a muerte entre “danzas” y “matachines”. La creencia dice que si ganan los danzas ese año habrá buena cosecha de oca, y si los vencedores son los matachines habrá papa en abundancia. Si no hay vencidos ni vencedores entonces ese año pasarán penurias. El 2008 ganaron los matachines y entonces hay una buena razón para que los pechitos peruanos sigamos comiendo papa, y que el río Huantán siga bañando los sembríos y termine plegándose al río Cañete.

Las reservas sólo son sostenibles cuando las comunidades forman parte esencial de la ecuación. En ese sentido, el ingeniero Marco Arenas, resalta que la RPNYC “Es una de las 63 áreas de conservación que guarda una belleza singular, producto de la relación armoniosa entre el hombre y la naturaleza, con una cultura milenaria que perdura a través de los años, la misma que permite generar sostenibilidad en el uso de los recursos y un sinnúmero de beneficios a la población local y servicios a la Región de Lima y Junín”.

Camino a Carania, dos cóndores andinos volaron sobre nuestras cabezas, como antesala a los miles de andenes en buen estado que forman el patrimonio cultural vivo y laboratorio andino de tubérculos y granos, hoy precisamente cuando se habla de seguridad alimentaria. Estos andenes corresponden al periodo Inca y recuerdan a los de Pisac y Moray en el Cusco. Pero Carania también tiene a Huamanmarca, el imponente sitio administrativo Inca, que al parecer, fue construido sobre un poblado llamado Yawyo, probable capital de dicha provincia. Pues del pueblo de Carania parte un camino empedrado rumbo a Huamanmarca, cruzando los prodigiosos andenes dotados de un excelente sistema hidráulico. El sitio próximamente será rehabilitado e incorporado al Programa Qhapaq Ñan del Instituto Nacional de Cultura. Este pueblo conocido hasta mediados del siglo pasado como “ajosmacho” por el olor a la planta de ajo, tiene al nevado Quipala con evidente desglaciación, naciente del río Carania y tributario del río Cañete.

Si hay un pueblo que vive encima de su propio río ese es Laraos, -un río que también se suma al río Cañete- y donde los hombres mueven la tierra con las ancestrales chaquitacllas, y las mujeres trabajan en el desviscerado de truchas provenientes de la laguna Pumacocha que promueve la municipalidad con demanda de 4 toneladas cada diez días a los supermercados de Lima; mientras en el abrigo rocoso de Quillcasca (4,375 metros sobre el nivel del mar) descansa un extraordinario cuadro de pinturas rupestres con escenas de la vida ganadera primitiva. De acuerdo al Plan Maestro (2006-2011) de la RPNYC, en estas alturas “Se encuentra la caverna de Sima Pumacocha, la más profunda de Sudamérica con un desnivel vertical de 638 metros (150 metros más profunda que la Gruta Centenario de Brasil)”, en la que se han descubierto restos fósiles representados por amonites. El documento agrega en otro párrafo que aquí también se halla “La cueva más alta del mundo (a 4,930 metros sobre el nivel del mar) llamada Qaqa Mach'ay y con una profundidad de 125 metros. La presencia de cuevas en Laraos se debe a que existen aproximadamente 700 Km2 de calizas Jumasha del cretácico superior, formadas por una secuencia masiva de capas gruesas de calizas estratificadas con muestras de dolomitas”.

Río subterráneo
Para entrar a los predios de Alis, fue oportuno seguir a Raúl Crispín, presidente de la Asociación de Guardaparques de la RPNYC, quien muestra orgulloso las 70 hectáreas de lloque (Kageneckia lanceolata) considerado en Peligro Crítico de Extinción (D.S. 043-2006-Minag), y cuya existencia la reserva promueve con los forestales Dely Ramos y Carlos Romero. El Lloque es el árbol que da origen a la chaquitaclla y que ha crecido sobre los andenes abandonados. Ingresar por el cañón de Uchco es ver pasar los bucles blancos del río Alis cuando van a sufragar al de Cañete, y la tentación de abrigarse con los finos ponchos, frazadas, chalinas, mantas y chullos, confeccionados por el Taller de Club de Madres.

La ruta nos lleva hasta la Vertiente Occidental del Pacífico, frente al Apu Caja Real (4,300 msnm) para ver unas 35 vicuñas en las alturas de Amaru Pampa que ha sido cercada por la comunidad de Tomas en alianza con la municipalidad, y también el repoblamiento de unas 800 alpacas traídas hace más de una década desde Puno con el fondo rotatorio que otorga el Consejo Nacional de Camélidos Sudamericanos. Sin embargo, en el camino es fácil toparse con la llama, habitante ineludible de la serranía yauyina.

Otro de los distritos es Miraflores, conocido por la ciudad prehispánica de Huaquis abandonada hace 150 años, y por la perpetuidad del cañón de Pongo, los que se imponen a las rarezas de sus árboles conocidos como “barbas del diablo”, y ante un río que baja a descargar a Cañete. Más adelante está Piquecocha, una laguna que ha sido propuesta por el Inrena y el Mincetur, mediante el Plan Copesco, para que sea el primer centro experimental de pesca deportiva en el Perú. Sólo al subir el cerro Pircapata, se puede ver el valle de Pacaya con sus andenes, bosques de queñuales y de puyas, así como la memoria preinca de Vitis encarnadas en vestigios como Cochasguasi y Huayllugina, que duermen en el sueño del olvido.

Así llegamos a Huancaya donde los hombres picapedreros tallan los cantos rodados para levantar sus casas y lucir sus calles, y abajo, en el río Cañete, una cadena de cascadas y lagunas se estiran desplegando pinceles y lienzos para la inspiración. Más adelante, Vilca devela su bosque de karkac (Escallonia corymbosa) que ha crecido sobre la roca calcárea, y que los lugareños llaman El Bosque del Amor, porque es el edén perfecto para rendirse al corazón en el centro mismo del río Cañete. En los años de terror, algunas autoridades fueron fusiladas en su propia plaza, y desde entonces la población emigró a sus estancias (puna). Hoy son ganaderos por excelencia al producir más de mil quesos semanales que gozan de buena reputación en los mercados de la región.

Lo que muy pocos saben es que el río Cañete, sorprendentemente ingresa a un curso subterráneo por más de siete kilómetros. Pero sorprende aún más cuando el agua, antes de desaparecer (después de la laguna Paucarcocha y a 11 kilómetros de Tanta), tiene un tono cristalino y a su salida (en los lugares de Huicomachay y Pachachaca de Vilca) toma el color turquesa. No hay estudios al respecto, aunque se cree que debajo hay una laguna con aguas termales, que a su salida se encontraría la surgencia de Carst, pero lo cierto es que después de este lugar conocido como “Tragadero”, el agua que aflora le da un matiz espectacular de colores al río Cañete, que según la alcaldesa de Tanta, Gloria Reyes, este fenómeno también dividiría el curso de las truchas, por lo inexplicable que una trucha pueda filtrarse entre la arenilla, lo que sería materia de investigación. Sin embargo es posible pescar truchas antes y después del Tragadero.

Contacto con la vida
Llevamos más de una semana de viaje, y ya divisamos los nevados Chuspi, Uman, Llica, Unca y el Ticlla en la cordillera Pichcahuaria de la sierra limeña. En el camino abunda la flor de piedra y líquenes del género Parmelia, que, de acuerdo con los estudios, son indicadores biológicos porque sólo existen donde el aire es puro. Quizá por eso abundan zambullidores, garzas, yanavicos, huallata, patos y el mismo pez primigenio llamado chalguas, muy lejos de las balas furtivas y, de las egoístas fronteras que ni siquiera el hombre entiende.

Llegar a Ticllacocha (Laguna alargada en quechua) al pie del nevado Ticlla y a 4,800 metros sobre el nivel mar, no es sólo encontrarse con el origen del río Cañete -la segunda cuenca más importante del país después del Santa-, sino que es contactarse con el origen de la vida, con vegetaciones convertidas en esponjas de agua, y como hemos visto en el recorrido, el río Cañete se alimenta de otros ríos que bajan a calmar la sed de tantas vidas en la costa, y de cargar adrenalina en los jinetes del canotaje y de tantos aventureros a cuestas. Hasta aquí hemos recorrido 220 kilómetros desde el Océano Pacífico.

De acuerdo con una publicación del estudiante de antropología, Benito Segura Jiménez, narra que sus ancestros preincas de Tanta vivían en las cavernas de Ticllacocha, eran nómades y errantes, domesticadores de camélidos y recolectores de plantas medicinales. Después, el hombre de Ticllacocha se fue a vivir 15 kilómetros río abajo en la pampa de “Pirja-Pirja”, hoy devenido en restos arqueológicos, y con tramos evidentes de su gran ingeniería hidráulica y esforzados cultivadores de la maca y papa nativa.

En la actualidad, todavía existen estos recursos genéticos que dieron origen a la papa, oca, tumbo, mashua y otras especies silvestres. Es destacable el interés del Instituto Rural Valle Grande por preservar la escorzonera, salvia, ortiga, cola de caballo, diente de león, higuerilla, manzanilla, molle y tabaco, mediante el cultivo orgánico, extracción y recolección sostenible de estas plantas medicinales.

Pero los reservorios de agua helada de Tanta no sólo entregan sus primeros 6 m3/s a la cuenca de Cañete, sino que también contribuyen con 8 m3/s a la cuenca Cochas-Pachacayo que baja a desintoxicar en algo al río Mantaro. De ahí que Carlos Sánchez, biólogo y especialista de la RPNYC no se equivoca cuando dice que “La reserva cuenta con más de 20 nevados, entre ellos el Pariakaka, Tunsho, Ticlla, que permiten la formación de 304 lagunas y espejos de agua en la Región Lima y 181 lagunas y espejos de agua en la Región Junín”.

Desde Tanta recorrimos casi veinte kilómetros por el Gran Camino Inca que une Pachacamac con Jauja. En el recorrido es posible recostarse al viejo nevado Pariakaka (6,020 msnm), que vigilante y gélido domina el espacio; admirar los más de 300 dibujos de vicuñas preñadas de Cuchimachay que habrían grabado huarochiranos y yauyinos 8,000 años antes de Cristo; y subir los más de 2 mil peldaños incas de Escalerayoc que se alza sobre el cerro San Cristobal.

Existe la costumbre de levantar pircas (piedra sobre piedra) en la cima de Pumarauca para la buena suerte, y nosotros también alzamos una, cuando nos damos cuenta que caminamos sobre espinazos de nevados muertos desde hace cientos de años. Ya cerca del abra Shacshas, encontramos unos 50 metros del Gran Camino Inca destruido por Graña y Montero (GyM S.A.), empresa contratada por Celepsa, y que según sus responsables ocurrió accidentalmente por no encontrarse señalizada como zona arqueológica, pero asumirán su reestructuración y pagos indemnizatorios ante el Instituto Nacional de Cultura. Sin duda es una historia que no debe repetirse.

Es hora de regresar a Cañete que sigue cosechando sus mejores frutos, sin saber que en las alturas de Yauyos el agua congelada se derrite insospechadamente hasta agotarse en cualquier momento, como ya han retrocedido el 22% de glaciares en todo el Perú en los últimos 30 años. Felizmente, se sabe que sumando los pocos nevados que quedan se almacenan unos 150 millones de metros cúbicos al año para garantizar agua al río Cañete y el equilibrio de los ecosistemas, pero una oportuna gestión de cuenca como política de Estado –iniciativa del ministro del Ambiente, Antonio Brack– sería actuar con verdadera vocación preservadora. De manera que no hace falta mucho esfuerzo para entender que sin agua, la vida es imposible.


Del Autor:
Iván Reyna Ramos, periodista cañetano, ganador del segundo puesto "Reportaje sobre Biodiversidad 2009" . El Premio de Reportaje sobre Biodiversidad (BDRA por sus siglas en inglés) es organizado por el Departamento de Comunicación Global de Conservación Internacional, junto con el Centro Internacional para Periodistas (ICFJ por sus siglas en inglés), la Federación Internacional de Periodistas Ambientales (IFEJ por sus siglas en inglés) y la Fundación Biodiversidad (FB) del Ministerio de Medio Ambiente de España. 



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Crónica: Lunahuaná, Aventura sobre dos ruedas


Lunahuaná es ahora oficialmente el viaje más largo que he hecho en moto. Si bien la distancia no es tanta, definitivamente me ha enseñado unas cuantas cosas.

Al salir a las 7am, encontramos a la ciudad completamente empapada. Nunca había salida en pistas tán mojadas y no hay duda que son de temer. En la misma esquina de mi cuadra casi me caigo cuando las llantas patinaron al frenar (y eso que estaba andando muy lento). Seguimos tranquilos hasta un grifo donde llenamos los tanques y revisamos la presión de los neumáticos. Aprovechamos para comprar agua y galletas para el camino y salimos a la Panamericana.

La carretera en sí fue mucho más divertida y de paso me hizo acordar que debí haberme comprado pantalones impermeables. Los jeans que traía puestos tienen un límite de resistencia al viento y la humedad. En otras palabras, me cagué de frío. Felizmente la moto sí se portó muy bien. Respondía bien en las curvas y no temblaba a altas velocidades.

Las alforjas que había pedido no llegaron a tiempo por lo que tuve que empacar mis cosas en un maletín y amarrarlo a la parte de atrás de la moto. También fue mala idea no conseguir un pulpo para sujetar bien las cosas. El cable de seguridad no tiene suficiente tensión como para sujetar las cosas de manera adecuada. Todo lo que vaya sobre la moto debe quedar prácticamente inmóvil ya que en las curvas cada cambio en el centro de gravedad representa un grado de pérdidad de control.

El contacto directo con los elementos es realmente asombroso. Algo que nunca había sentido en un auto. Pasar de las nubes, el frío y la lluvia al calor y brillo solar en menos de un minuto fue un gran regalo de bienvenida a Lunahuaná. Excelentes condiciones para seguir andando.

Despertamos a eso de las 10am. La noche anterior fuimos a Paullo a celebrar el aniversario de la nación con el grupo Somos Kaliente (directamente desde Iquitos!). Estuvimos tomando la rica cachina toda la noche. Es una especie de vino que trepa rapidísimo. Cuidado, han sido advertidos.

Nuestro medio de transporte principal han sido las dos motos. Yo llevaba a un tercer amigo con quien nos encontramos allá ya que mi moto es más grande y no tiene la suspensión cagada. Hoy decidimos viajar un poco más río arriba a ver qué encontrábamos. Fuimos subiendo y poco a poco veíamos cómo cambiaba nuestro entorno. Paramos un momento en un restaurante campestre llamado La Posada de la Cruz en la comunidad de Romaní. Sólo queríamos usar su baño y pensábamos que el dueño se resistiría a hacerlo sin que realizaramos un consumo pero subestimamos la amabilidad de las personas que viven fuera de la ciudad. No recuerdo quién dijo que las ciudades son un veneno para los valores humanos. La cercanía entre personas y ese calor humano parece perderse en la ciudad.

Una de las grandes lecciones aprendidas ha sido que si hay carros, motos, o mototaxis donde estés, hay un grifo cercano de todas maneras. Solo hay que estar con los ojos abiertos porque la mayoría de las veces estos grifos son casas donde te echan gasolina usando un embudo y una galonera.

Llegamos hasta Pacarán y después de dar una vuelta y comer un helado local en la plaza regresamos a Villa Fátima y nos fuimos a comer al mismo menú donde habíamos estado comiendo desde el día anterior. Este menú es sin duda el lugar donde más rico comí durante todo el viaje. Todos los que lean este blog y pasen por Lunahuaná tienen que pasar por este lugar. Está 100 metros pasando Villa Fátima (en el anexo San Jerónimo), al lado de la bodega “Oxapampa“. Nos sirvieron un delicioso caldo de gallina y es estofado espectacular por unos módicos 5 soles. Para bajar toda la comida pedimos una jarrita de cachina para ir calentando la noche. Mientras disfrutábamos la cachina, la señora que atendía nos empezó a hacer un poco de conversación y nos mencionó que los muchachos que estaban trabajando en la casa del costado eran shipibos que hacían sesiones de ayahuasca. Nos explicó en profundidad cómo estas sesiones ayudaban a combatir tus propios demonios a través de las visiones que tenías. El maestro orientaba la sesión mediante canciones y guiaba la experiencia que tenías. Por mi parte, quedé totalmente convencido que es algo que debo probar en algún punto. Si hubiera tenido suficiente presupuesto lo habría hecho la noche siguiente pero solo me quedaba plata para el canotaje del día siguiente y algunas comidas más. Espero poder regresar este año para llevar a cabo esta experiencia.

Hasta ahora hemos podido disfrutar del sol solamente a partir de las 11am y nos duraba hasta eso de las 5pm. Fuera de ese horario nos invadían las nubes y el frío. Yo juraba que me estaría despertando a las 8am por no poder aguantar el calor del sol en la carpa pero en las mañanas cuando asomaba mi cabeza por la puerta de tela azul solo veía esto:… y regresaba a dormir. Ya una vez que se despejaba un poco salíamos, tomábamos desayuno en el menú y estábamos listos para otro día más. Fue luego de ese potente desayuno que Nico (el de la Honda Elite) sugirió ir lo más lejos posible, río arriba, con las motos y acampar donde nos agarre la noche. Inmediatamente acepté la idea. Sonaba excelente y además podríamos salir de las nubes de la tarde y, con un poco de suerte, ver una noche estrellada.

Luego de despedirnos de un amigo que tuvo que regresar a Lima por cuestiones del oficio, fui con Nico a Lunahuaná a inscribirnos para el famoso canotaje. Justo a la salida fue donde cometí el error cuyas consecuencias me perseguirían durante todo el día. Como mi moto todavía no tenía las alforjas, el único lugar que teníamos para guardar cosas (toallas, ropa seca, chompas, etc) era la “cajuela” de la moto de Nico. Al ver el espacio limitado decidí no llevar mis sandalias. En fin, nos inscribimos en el canotaje y fue excelente. Fue una hora físicamente exigente y agotadora pero valió la pena.

Mis zapatillas eran unas Vans de tela que si se mojaban se secarían bien rápido (supuéstamente mientras almorzábamos). Naturalmente se empaparon durante la hora de canotaje asi q las colgué en mi moto al sol mientras íbamos a buscar un lugar para comer. El primer problema fue que solo había un restaurante en el centro de Lunahuaná que aceptaba Visa y era más caro. Dimos un par de vueltas más pero sin éxito. Para todo esto, mis zapatillas seguían mojadas. Muy, muy mojadas. No podíamos perder más tiempo, teníamos que regresar a Villa Fátima para desarmar las carpas y empacar todo sobre las motos para salir, así que regresé descalzo con las esperanzas que con el viento y el sol se secaran mis zapatillas. No se secaban. Llegando a Villa Fátima, las puse sobre una piedra mientras desarmábamos y empacábamos todo… no se secaban. Sabiendo que empezaría a hacer frío mientras manejáramos por la carretera, no podía ponerme zapatillas mojadas. ¿La otra opción? Medias y las sandalias. Dejé las zapatillas colgadas sobre la moto y nos enrumbamos río arriba, yo en sandalias. Eran las 5pm.

Teníamos como meta llegar hasta Zúñiga y acampar junto al río o quedarnos en un hospedaje pero nos ganó el sentido de aventura y seguimos adelante. Seguimos y seguimos. Cayó la noche y seguimos. La carretera se convirtió de un solo carril y seguimos. Empezaron a salir volquetes y buses que iban en ambos sentidos… y seguimos. ... y seguimos

Sabíamos que cualquier error y terminaríamos bajo las llantas de un camión o cayéndonos por el acantilado al río así que empezamos a preguntar dónde podíamos acampar. Nos dijeron que más arriba había un pueblo llamado Catahuasi donde podríamos encontrar un lugar. Llegamos a Catahuasi a eso de las 8pm y les preguntamos a unos policías si había un lugar para poner las carpas. Nos dijeron que podíamos armar las carpas en el estadio de Catahuasi o en la plaza central. El estadio parecía una mejor opción ya que estaba más tranquilo (osea, no había ni un alma). Estacionamos las motos cerca al arco y pusimos la carpa al costado. Era genial, estábamos al costado del río y durante la noche podíamos escuchar el agua pasar. Es un lugar muy pequeño pero en un entorno hermoso. Parece como si excavado en el cerro solo para colocar a ese pueblo.

No teníamos candado para cerrar la carpa pero confiamos que no pasaría nada. Fuimos al pueblo y en una bodega pedimos un café mientras hablábamos con las personas del lugar. No parecían entender el viaje que estábamos haciendo. Nos preguntaron si estábamos visitando a alguien o cuál era nuestro destino final. No parecían entender el concepto de viajar sin destinos ni planes. Luego de un poco más de conversación, nos retiramos. Pasamos por la comisaría para agradecer a los oficiales que nos indicaron donde descansar. Regresamos a la carpa, comimos las galletas que nos sobraron de la tarde y nos fuimos a dormir. Deseé que mis zapatillas se secaran para el día siguiente.

La noche anterior, mientras tomábamos café en el pueblo, nos dijeron que media hora más arriba se había construido una represa donde se había formado un lago precioso. Se nos ocurrió que bien temprano podríamos ir hasta allá, tomar desayuno frente al lago y desde ahí, recargados de energía, regresar directamente hasta Lima (pasando por el delicioso menú de San Jerónimo).

Nos despertamos a las 5:30am. Estaba haciendo un frío terrible. Nos lavamos la cara en el río que pasaba junto al estadio y luego de desarmar la carpa y montar todo sobre las motos, salimos rumbo a la represa. En el camino, que seguía siendo de un solo carril, vimos a una combi que se acababa de desbarrancar. Felizmente no hubo heridos, más allá del orgullo y vehículo del chofer y no tomé ninguna foto porque habría sido demasiado HDP parar al costado, tomar una foto y continuar en el camino. Unos 15 minutos más arriba nosotros mismos tendríamos nuestra propia desgracia.

Llegamos a un punto donde bajaba un riachuelo que cruzaba la pista. Este riachuelo se había convertido en un inmensocharco bastante profundo gracias a las piedras que se habían colocado para desviar el agua que bajaba. Calculéque por un costado podría pasar sin mojar mis zapatillas (que afortunadamente ya estaban secas) ni que el agua entre por el tubo de escape. Me aventuré y llegué hasta la mitad sin tener que apoyarme pero el fondo desigual casi me tumba y tuve que sumergir mi pie izquierdo para no caerme con todo y moto. Mierda! Tanto problema para secar mis zapatillas para que a las 6:30am ya se vuelva a mojar completamente. Terminé de cruzar y esperé que Nico haga lo mismo. La moto de Nico es mucho más baja que la mía y el mismo diseño de la Elite hace que no sea apta para cruzar ni los charcos menos profundos. Pasó un tercio del charco y ya se escuchaba a su tubo de escape haciendo burbujas bajo el agua. No solo eso, sino que ya estaba entrando agua por su toma de aire. Me quité las zapatillas para que no se mojen más y volví para ayudarlo. Después de analizar un poco la situación determinamos que la única forma para cruzar su moto sería cargándola.

Tal vez hizo falta un desayuno más consistente. Tal vez hizo falta un poco más de ánimos. Tal vez, tal vez. Simplemente no tuvimos la fuerza mental para cargar al otro lado. La sacamos del charco y yo volví a cruzar con mi moto, esta vez mojando algunas partes que hubiera preferido mantener secas. Después de ese desgaste físico y el golpe anímico al no poder avanzar nos quedamos sentado entre las piedras un rato más mientras veíamos cómo pasaban las camionetas y camiones sin problemas. Comimos unas galletas más, tomamos un poco de agua y luego de recuperar un poco las energías me volví a poner mis zapatillas, una seca y la otra mojada y nos dirijimos a casa. A casa por los mismos caminos que se hicieron completamente nuevos al pasar de día. Vimos cómo la calzada angosta de la noche anterior era un peligro real que no tomamos muy en serio. Capaz que fue lo mejor, ya que nos permitió llegar donde llegamos.

El viaje de retorno fue muy relajante. El hecho que hubieron pocas personas sobre la Panamericana nos permitió disfrutar ampliamente del camino. Siempre llevaré muy gratos recuerdos de este viaje. Fue una gran aventura.

Nota de redacción: la crónica del viaje fue realizado mes de julio, durante en esa época es muy probable amanezca nublado y luego se despeje el cielo, tal como lo menciona el Autor .

Autor:  LuisTenorio, Vuelta Sudamericana
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Crónica: La caravana del pisco

Imagínese esta historia como una de esas películas gitanas de Emir Kusturica: a) Atribulados dipsómanos, unos, y expertos bebedores de pisco, otros, caminan abrazados a través de los zanguanes de árboles frutales que rodean los fundos vitivinícolas de Lunahuaná. b) Una banda de catorce músicos de la Municipalidad de Lima va detrás de ellos tocando marineras, marchas y comparsas. c) La música se detiene en seco cuando el grupo de tarambanas es invitado a probar un aromático, un puro, un acholado o un mosto verde en cada una de las bodegas más reputadas de la región. d) Ahhh. Se impone un agradecimiento a los dioses. e) Inoculado el divino guaracazo, vuelven los sonidos metálicos de la orquesta, a la vez que los piscófilos reanudan su camino hacia la siguiente bodega. f) Repítase los pasos a, b, c, d, y e ocho veces, tantas como bodegas existen en Lunahuaná. g) al igual que una película de Kusturica, la caravana se hace muchedumbre, la música desentumece los pliegues del alma y el aguardiente de uva hermana a los desconocidos.

-¿Pisco bendito, adorado tormento, qué haces afuera? Pasa pa' dentro - se contesta a sí mismo Samamé (piscómano) y se lubrica el guargüero cuando don Victor Zapata le alcanza una botella de su mejor quebranta, esa clase de uva que solamente se produce en ciertos valles del desierto peruano.
Zapata, que es tres veces campeón nacional en los concursos anuales que organizan conjuntamente Instituto Nacional de Cultura y la Universidad Agraria. - No basta defender el pisco peruano por puro nacionalismo. Nadie puede defender lo que no conoce - dice don Víctor. Pisco: aguardiente del jugo de las uvas elaborado originalmente en Pisco, provincia iqueña a 350 km. de Lima. Piscco:pájaro según el hablar de los lugareños prehispánicos que dio nombre a unas botijas de barro cocido en forma de buche de ave que los agricultores de la zona solían fabricar y que los españoles utilizaron para logra el aguardiente peruano de uva. Pisco: la botija de barro, el continente, dio lugar también al líquido pisco, el contenido. Pisco: dícese en Chile de un aguardiente hecho con los hollejos, orujos o cáscaras de la uva. Pisco: según el castellano chileno significa además tramposo.

Así como don Víctor Zapata, otros productores pisqueros del valle de Lunahuaná se han ido sumando a la caravana que ora avanza en ómnibus y ora a pie, seguida por la banda de músicos, también zigzagueante, antes de mojarse la lengua con un acholado que les entrega de su oficina privada don Javier Sebán, último campeón nacional de pisco puro.Con ese aire de modesta sabiduría que tienen los hombres del campo, Sebán dice que así como otros fabricantes de pisco guardan sus secretos en el lagar donde se pisa la uva, en la puntalla donde se filtra el mosto o en los alambiques de fermentación, él guarda los suyos en el horno de cocimiento:

-Para mí, el secreto está en la mezcla de leñas - dice don Javier-. Yo uso membrillos, nísperos, guarangos, molles, sauces y finamomos. Esto y un fuego lento que no debe pasar de 70 grados centígrados dan al pisco el sabor y el aroma adecuados. La fórmula es distinta en cada caso, pero la necesidad de ingresar a mercados más grandes los ha juntado en una sola marca: Señorío de Lunahuaná, una selección de los mejores piscos que produce cada bodega.

La del estribo
Ahora imagínese que usted pueda estar allí. Los últimos sábados de cada mes, un ómnibus de la municipalidad de Lima recorrerá los 160 kilómetros que apenas hacen falta para que los limeños (y extranjeros visitantes) conozcan por qué el pisco es peruano e inimitable. Lo mismo que ya se ha hecho costumbre en los fundos de Ica, Moquegua y Tacna, ahora estará a vuelta de provincia y entonces no habrá pretexto. Como en una película de Kusturica, la comparsa, al ritmo de una banda, y la bebida con más espíritu de estos lares son la exacta combinación para un viaje casi surrealista. Aunque sea tan real como un guaracazo bebido de golpe.

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RÍE, GARGANTA. Y, sin embargo, los pisqueros de Lunahuaná, como Javier Sebán, llevan el malhumor por dentro, pues una fábrica de cemento quiere interrumpir el cauce del río que riega sus viñedos.
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Autor : Toño Angulo Daneri
Texto extraído de El Comercio, 27/02/2003 - A14
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Crónica: Vive 104 años a punta de cachina

Tiene 104 años y se animó a revelar uno de sus secretos para vivir tanto. Don Humberto Laura, quien reside en Pampa Santa Rosa de Condoray, en Lunahuaná, se enorgullece de encontrarse sano y fuerte tomando cachina.

El anciano, quien sigue cultivando su chacra y cuidando de su ganado, se mantiene lúcido, pero no recuerda cuántos nietos, bisnietos y tataranietos tiene.

"Yo nací en 1899 y viví los duros días de la recuperación de Tacna. Hasta ahora no necesito lentes y me mantengo con mi trago preferido que es la cachina", dijo don Humberto, quien vive con su esposa. Recordó con pena que perdió a sus padres a los 4 años y sólo llegó al primer grado de primaria.
Autor : I.M.
Texto extraído de el diario El Trome, 05/Jul/2003 - p.7
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Crónica: Mi primer verano sobre el río

Nos fuimos a las afueras de Lima a celebrar el Año nuevo, habiéndolo planeado todo cinco días antes, como perfectos aventureros juveniles, sólo que nuestro promedio estaba entre los 30 y los 40.

El viaje empezó realmente, sobre las doce y media del día, sentados bajo el cuidado de palmeras artificiales, durante un intercultural y extensísimo cevichazo en Asia. La pasamos genial, junto a Pochoclo, -un argentino renegón que a todo le decía "me metés cuento ché"- y a Yuri, el novio ruso de nuestra mejor amiga, al que le enseñábamos "palabras nuevas" en un supuesto español, que en realidad, sólo él desconocía que eran tremendas lisurotas. Terminado el ameno festín, con Yuri aprendiendo que la risa a veces suena a burla por estos lares, y al menos veinte palmazos y sopapos de su novia, partimos más unidos que nunca, dispuestos a "hacerla linda en el río", ya que a todos se nos había prendido el foquito de dejar, la playa cómoda del bongaloo, por la aventura adrenalínica llena de mosquitos y piedras redondas.

Ya sin nada en el estómago, a más de 40 kilómetros, desde el último letrerito que decía "A Lunahuaná", luego de haber visto como veinte de esos y haber recorrido medio Cañete, por fin llegamos al Pueblo, a sus camarones y a su olor a Canotaje y turismo de verano.

Los dos autos, habían dado más vueltas sobre la carretera, que la carretera misma alredor de los cerros en el Valle, así que había que reponer energías para dar vueltas, más bien bailando, durante la fiesta. Eran las siete y cinco de la noche cuando llegamos, y hasta las doce, cuando nos abrazamos, en lo único que pensaban la mayoría de mis amigos, era en treparse al río sobre un gomón, como insistentemente gritaba "Pochoclo" mientras todos se reían: ¿yyyyyy qué mañaaaaana la hacemos con el gomón muchachooooooooos? Siii!! - respondían todos.

A la mañana siguiente, luego del festejo y después de resucitar saboreando cinco platos de camarones tamaño jumbo, emprendimos el corto viaje hacia el centro de Lunahuaná. El río sonaba a cuatro cuadras. El sol ya no quería trabajar, así que había que contratar el servicio y salir lo más pronto, pero volando. Nos dijeron que a dos cuadras de la Iglesia, por el lado derecho, estaban los mejores. Y es que para hacer canotaje, las chicas exigían seguridad, y nosotros, sólo esperábamos, una inyección de adrenalina y por su puesto a todo Yuri, el ruso, sólo decía, Yaaaa, después venían los peñizcones de Rocío, jajaja.

Después de arreglar el asunto del precio, poniendo de relieve que diez muchachos limeños en busca de diversión son un negocio redondo- dimos con nuestro proveedor de aventuras para novatos sobre el río. A las chicas les cayó súper, así que por complacerles, aceptamos por esta vez, que hubiera alguien más simpático que nosotros. Luego de abonar los diez dólares por cabeza, emprendimos el traslado, hasta el punto de embarque. Una vez allí, nos aprovisionamos de todo lo necesario y empezó lo bueno:

- A ver chicos, son cinco lecciones rápidas ¿ok?
- ¿5 lecciones y es todo? - Me dije a punto de elevar un reclamo.
- Bueno si, es el nivel "principiantes" Señor, eso es todo.

Parecía que los diez dólares no alcanzaban para más, así que con los cascos de protección, los salvavidas y los remos, nos hicimos al río de aventuras. Fuimos colocados uno a uno, desde el más pesado hasta el más ligero, desde la punta del gomón, hasta el final de éste, que parecía una hoja de papel bailando, a causa de la distracción total de todos nosotros:- Mira mira, un colibrí sobre tu hombro.- Wow ¡Cómo baila!- Dirás ¡Cómo vuela!- ¡Atentos muchachos!

Trepados todos, y luego de recibir un nuevo recordatorio de las instrucciones elementales, terminamos inundando el bote en el primer intento por salir a la corriente y a la zona correcta. En el segundo intento, cuando el otro bote ya lo había logrado, y a pesar de avanzar de espaldas al río, nuestra velocidad de dos minutos por metro cúbico, logró llevarnos a la corriente central, lo malo, era la zona de avanzados. Teníamos que salir de allí, más rápido que volando. Sin aún empuñar los remos, con algunos al revés, otros al aire, algunos distraidos y otros petrificados, nuestro guía, tomando al vuelo un giro increiblemente expectacular, nos puso a tono, sálvandonos de pasar de "principiantes" a "avanzados" sin tiempo para lecciones relámpago. Gracias a los enormes brazos de nuestro guía, no tan apreciado al principio, nuestras palpitaciones regresaron a sus niveles normales. Eran "nuestros brazos" los menos simpáticos en el bote ahora, y las chicas reían mirando a su héroe salvador.
...
En menos de dos segundos, el recuerdo se remojó sobre mi cara, tenía el pulso sobre el río y me habían pasado por encima, casi cuatro duchazos helados, formados por una pequeña ola, que de pequeña sólo tenía la dimensión aparente. Otros dos segundos más y apareció un subibaja de agua, palanqueando el gomón sin cuidado alguno, desde abajo hasta el cielo, haciendo que la oncena de tripulantes inexpertos a bordo, parecieran peso pluma:- ¿Y que tal? ¿harta adrenalina no? -Dijo el guía, con sus últimos resquicios de héroe autorizado, para que luego, las chicas nos hicieran cambiar la cara de perros rabiosos que llevábamos, con tan sólo una mirada de control femenino.

Nadie respondió por que lo único que queríamos era ya terminar el paseito acuático. Aunque tras cada latido, los salvavidas, se sentían como recién comprados ayer, y el gomón rendía, como si fuera trimotor. Todo iba perfecto, todos, felices y contentos a pesar del remojón permanente.
- Señor su cámara no la puede subir al bote inflable.- Ok. ¿Y quien va a tomar el video?- Si gusta me enseña y yo los filmo desde la carretera.- Ok, me parece genial. Mira: ¿ves este botón...?
...De pronto, un cúmulo de piedras, y nuestro contrincante, el otro bote, nos ganaba la carrera, con los remos en alto, gritos de enrojecida victoria, con el viento a su favor y a pesar de contar con tres pasajeros adrenalínicos menos y dos chiquillos entre sus combatientes. No era posible, así que tras el sentir generalizado, nuestro guía tomó el mando y el reto y enérgicamente, a puro pulmón:¡Derecha atrás!¡Adelante todos!¡Ahora muchachos! ¡Con fuerza!¡Ya! ¡Detenerse!

En un santiamén, otra proeza irremediable, nos colocaba de nuevo a la delantera. El costo: un empapado grupal endiablado, los tímpanos fundidos por el chillido de las chicas, los músculos a punto de descolgarse y por supuesto, los diez dólares convertidos mágicamente, en más de cincuenta.

Se abrío el camino, -cuidado con las ramas-, - chicos saluden al video sobre el puente-, y otra vez:- ¡Adelante todos! ¡Izquierda atrás! ¡Detenerse! ¡Ahora sí! ¡Con fuerza muchachos! ¡Con fuerza!

Cuarenta y cinco minutos se acabaron pareciendo veinte. Habíamos llegado al final del tramo y el río ya nos respetaba, revoloteando tan satisfecho como nosotros. No hubo vencedor, ambos botes llegaron estrellándose sin riesgo y explotando en la alegría de sus pasajeros enormemente agradecidos. Y al final, de regreso apretados dentro del ómnibus, con tres tripulantes entumecidos, dos resfriados, con mi cámara digital sin video, y con veintidós sonrisas satisfechas, yo sólo agredecía, haberme dejado llevar por "la presión social", vencer el miedo de subirme al botecito y haber sido convencido de no quedarme viendo la t.v., en la cama del hotel.



Autor relato: Sergio González Marin
Fotos: ilustrativas, referenciales.
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Crónica: Pisco y camarón, religiosa tradición


La mesa del valle de Lunahuaná le debe mucho a las benditas aguas que discurren por el río Cañete. El pisco y el vino que se producen en esta tierra generosa se embriagan con tradición, secreto y religión. Aquí el camarón que se duerme termina en boca de los paladares más exigentes. Camine con nosotros por esta ruta gastronómica y de ensueños que identifican a un pueblo de historia, encanto y pasión.

Temprana innovación
Si damos una vuelta por la plaza de armas de Lunahuaná, en una de las esquinas vamos a encontrar a Emma Celena Flores, quien a sus trece años, se ha convertido en la jovencita que deleita con sus preparados de pisco sour a propios y extraños. Suele estar rodeada de botellas con pisco puro, y en tres minutos ya nos tiene servido una copa del exquisito orgullo peruano, “es bien fácil preparar el pisco sour, solo hay que tener inspiración y no olvidarse de los secretos de la abuelita”, nos habla mientras continúa preparando un delicioso cóctel de lúcuma.
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Al lado del stand de Emma se levanta el puesto de Karina Rivas, la señora que desde hace poco le ha dado trascendencia a su tierra al innovar un pisco sour a base camarón de río (Cryphiops caementarius). Es irresistible la tentación de probar y pedimos que nos prepare uno. Vimos como la licuadora en un minuto derretía tres cubitos de hielo, dos onzas de pisco puro, dos camarones crudos, una onza de jarabe de goma, una clara de huevo, una onza de limón y al final coronaban dos gotas de amargo angostura al gusto. Solo al probar, la fusión se siente que discurre discretamente como la expresión de un trago regional hecho con sabiduría y de manos curtidas por el tiempo.

Añeja tradición
Luego de recorrer las calles doblemente calurosas por el abrasador sol y por su gente que siempre amable intenta reponerse después del terremoto del 15 de agosto que se trajo abajo algunas de sus viviendas y espantó el turismo. Hoy no solo levantan sus viviendas sino reviven las ganas de continuar invirtiendo en servicios turísticos, además de rescatar las tradiciones que por herencia les pertenece.
Así nos enteramos que el camarón seco (después de sancochado, salado y expuesto al sol) hace ya muchísimos años servía para la discreción del catador de pisco. Los catadores se aprovisionaban de camarones salados, luego empezaban con un ligero sorbo de pisco, y para continuar degustando los otros piscos, se llevaban un camarón seco a la boca, y luego otro sorbo de pisco, y otro camarón seco. Solo así encontraban la diferencia de texturas, sabores y grado de alcohol del pisco artesanal de Lunahuaná. Hoy, los camarones simplemente han sido reemplazados por los maní salados, que duda cabe, otros tiempos.
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Pero Ana María también ha identificado otro licor artesanal que se había perdido en el tiempo: el Arrope. De las uvas cocinadas resulta este vino dulce y delicioso que por su textura y sabor se parece a la algarrobina. “Mire esto, es de mis abuelos”, nos muestra una publicidad de 1890 cuando el negocio familiar se llamaba “La Fama” en el que se anuncia la venta de arrope y extractos de uvas y los pedidos se hacían al teléfono número 2. Hoy, además del arrope, se venden artículos hechos de cañas, cerámicas, polos, bolsas y mochilas con diseños y motivos de la tradición lugareña.
En esta misma línea, hay productos de exportación como del legendario Domingo, que con su casona eternamente pisquera, también se puede degustar el vino borgoña semiseco, el tinto, vino manzanillo, y el vino blanco generoso. Además se puede ver la verde campiña donde sobresalen las uvas borgoña blanca y negra, Italia, moscatel rosada, quebranta, uvina, entre otras variedades.
Igualmente, Sergio De la Motta, quien vino hace cinco años de su natal Majes-Arequipa para solo probar el pisco de la zona y terminó quedándose en Lunahuaná. Desde entonces ha sabido encontrarle el secreto a las uvas, tanto así que ya exporta pisco puro a Europa y Estados Unidos. Nos comenta que para el próximo año se proyecta embasar unos 15 mil litros de pisco. Con esta y otras producciones, el valle de Lunahuaná arroja unos 100 mil litros de pisco al año. Sin duda, la añeja tradición pisquera continúa con pobladores que en su gran mayoría descienden de españoles, tal como lo iniciaron sus antepasados, los que trajeron las primeras cepas de España.

Del río a la mesa
Ya con unos peruanísimos tragos encima y envueltos por la tradición, necesitamos que nos conquisten los paladares, es hora de engreírse con los diversos platillos donde el camarón es el ingrediente insustituible de la mesa regional.
Del camarón de río Cañete se han elaborado diversos potajes que restaurantes y las familias en casa han dado rienda suelta a la imaginación, y por eso hoy en día las expresiones culinarias adoradas en olla de barro y a leña se encuentran en la carta: “chupe de camarones”, “tortilla de camarones”, “chicharrón de camarón”, “guiso de camarones”, “tiradito de camarones”, “camarones al ajo”, “cebiche de camarones”, “sudado de camarones”, “camarones a la plancha”, “reventón de camarones”, “escabeche de camarones”, “picante de camarones”, “tallarines de camarones”, y como muestra del valle “camarones al vino”. Todos con ingredientes y secretos al gusto y en su punto.
Si antes el camarón era la comida del pobre, hoy en día se ha convertido en el plato distinguido por excelencia con precios que superan los 15 soles (5 dólares). Pero lo que muy pocos saben es que hace unos diez años el camarón de esta parte se agotó como consecuencia de la caza indiscriminada sometidas por inescrupulosos recolectores y de los relaves mineros río arriba. Entre 1998 y el 2000, el Gremio de Recolectores de Camarones del Río Cañete y las autoridades ediles se fueron hasta el río Majes en Camaná y trajeron 100 mil ejemplares que fueron repoblándolos en toda la cuenta de Cañete (San Vicente, Lunahuaná, Zúñiga y Pacarán). Desde entonces, los 50 miembros del gremio camaronero vienen haciendo cumplir las vedas y librando batallas contra quienes se niegan a obedecer las disposiciones.
Es así como luego de varios años de lucha por recuperar el preciado crustáceo, en estos momentos un recolector puede cazar hasta tres kilos por jornada diaria que luego los venden a 25 soles el kilo en el mercado local. Recuperado los camarones, estabilizado la economía familiar de los recolectores, otra vez se aplacan los deseos de servirse un exquisito potaje en base a camarones, aunque ya no importa de dónde hayan venido, sino que no falte en la mesa. Eso es lo importante.

A punto de caña y ganchón...
De acuerdo con la tradición de caza del camarón en la cuenca del río Cañete, lo más remoto que se recuerde se basaba en la práctica del “ganchón”. Es decir, un mechero (hojalatala con mecha de tela y kerosene) era suficiente para en las noches recorrer el río y ver reflejados los ojos del camarón por efectos de la luz. Entonces los recolectores de otros tiempos, aprovechaban en llenar los crustáceos en sus chiwas (bolsos de hilo) especialmente diseñadas para esta actividad. Eran los tiempos en abundancia.
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En la actualidad, la caza se realiza con equipos de buceo y se recorre el río acorralando con las manos cada piedra hasta que la suerte acompañe en atrapar a un camarón. Todo recuerdo es tiempo pasado.
...Pero la cosa va en serio. En el río encontramos a José Rodríguez De la Cruz, Luis Sánchez Sánchez, Francisco Lira Sánchez y Stalin Sandoval, todos ensayando la caza ancestral. “El camarón es la identidad del pueblo y nosotros tenemos que cuidar que no se pierda esa esencia cultural de nuestros antepasados”, nos dice José Rodríguez, mientras muestra la cosecha del momento en el que es evidente que los tiempos han cambiado radicalmente.
Y así es. Rememorar las costumbres es identificarse con su cultura y defenderla es mucho más aún. Lunahuaná le rinde homenaje al noble camarón y también al pisco porque sería indigerible pretender reposar en un guiso de camarones sin pisco. Estas iniciativas, además permiten honrar con sabiduría los otros platos que se sirven en la mesa espiritual del gran valle de Lunahuaná.

Camino del pasado
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Alguna vez leímos que en 1550, el reputado cronista español Pedro Cieza de León en La Crónica General del Perú escribió en uno de sus párrafos refiriéndose al «Chuquimancu, cacique de estas tierras al sur de Lima, contemplaba en un cálido atardecer bandadas de avecillas que surcaban el horizonte marino, en busca de islas de reposo. Eran millares de pájaros que conocía en su idioma quechua como pishkos».
Eran los tiempos del mayor apogeo incaico, el imperio gobernado por Pachacútec que junto a su hijo Túpac Inca Yupanqui venció al guerrero Chuquimancu y se desató una gran represalia por haber demorado tanto la conquista, de manera que miles de prisioneros yungas fueron colgados de los árboles y sentenciados a la pena del Huarcu que en quechua derivaría del vocablo huarcona (ahorcadura) y huarcuy (ahorcar). Desde entonces, el valle tomó el nombre de Huarcu o valle del ahorcado, y sólo cambió con la llegada del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete.
Así es Cañete, así es Lunahuaná, con historia y tradición marcada por el pasado. Tierra del héroe anónimo Felipe Santiago Oré Casas, y de tantos rostros sudorosos que se empeñan en labrar sin descanso sus terrenos de cultivos. Pero también un río inagotable que merece toda la atención de sus autoridades y pobladores, sin que manos interesadas contaminen o destruyan el ecosistema a lo largo de la cuenca. Esta es una mirada a la población generosa que intenta encontrar su propio camino, y al que siempre hay que volver.


Autor de la crónica: Iván Reyna Ramos
Texto extraído de la sección: Crónicas de Viaje de la Revista Rumbos del Perú (publicado con autorización del autor). Para ver la versión completa de Texto original
visite http://www.rumbosdelperu.com/rumbostravel/travelaldia_lunahuana_b37.htm
Fotos: LunahuanaWeb
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